sábado, marzo 15, 2008

Esa típica fantasía


Día 1 Querido diario:
Hemos sobrevivido al aparatoso accidente. Solo sé que estamos en agún lugar en el Mar de Molucca, Indonesia. A pesar de la superpoblación mundial es sorprendente la cantidad de islas deshabitadas que aún quedan por estos lados. Hay mucha gente con ganas de irse a un lugar tranquilo, pero sólo si tiene electricidad y agua corriente. Aquí no hay nada de eso. A nuestro alrededor solo se ven palmeras, arena y océano. Hemos sacado algunas cosas del avión y con ellas hemos improvisado un refugio que nos ha quedado bastante bien. Tenemos todo lo necesario para sobrevivir unos días: comida, techo, un pequeño riachuelo del cual beber y hasta una libreta para iniciar este diario. Extrañamente no me siento angustiado, al contrario soy afortunado de presenciar este magnífico atardecer. De hecho muchos dirían que he cumplido la fantasía erótica más recurrente de la Tierra. Nadie creería mi suerte si les contara que llevaba a Angelina, la famosa estrella de cine, a un rodaje y ahora estamos solos en esta isla desierta.

Dia 4 Querido Diario:
Si le cuento a alguno de los amigos del bar que llevo tres días aquí sin poderme acercar a ella me lincharían; pero no ha sido fácil. Angelina es aún más hermosa en persona que en la pantalla. Sus ojos verdes marcan la pauta de una fría calma. La verdad es que no permiten ni un ápice de intimidad, ni siquiera de simpatía. Debe estar acostumbrada a desconfiar de aquellos que no son de su cerrado círculo de amigos y actores. Es normal, una estrella expuesta a la curiosidad de todos es susceptible de ser juzgada todo el tiempo, y desconfía de todo el que se le acerque. Hasta ayer me trataba como a un subordinado. Me llamaba su chofer, a pesar de que yo le aclaraba que soy piloto. Ella decía que es lo mismo pero en el aire. Sin embargo creo que empezamos a entrar en confianza. Hoy me ha preguntado mi nombre y por primera vez en tres días no me ha llamado imbécil por haber estrellado el avión. Creo que finalmente entendió que es una suerte haber salido vivos de esa tormenta. Hemos logrado recuperar casi todo el catering del que se hace acompañar Angelina siempre que viaja. No me permite tocar nada de su comida y se rie a carcajadas –risa divina- si le pido un sorbo de Veuve Cliquot. A pesar de eso no he pasado hambre pues he ido mejorando mis habilidades para abrir cocos con piedras. Creo que estamos cerca de algo más porque hoy, sin poner ninguna condición me ha dado un paquete de galletas saladas.

Día 8 Querido Diario:
Angelina tiene diarrea. Le dije que no intentara comerse los langostinos tras una semana sin congelación. Pero las estrellas son así. Al final he tenido que tirar al mar toda la comida que sobraba porque apestaba. De todas manera ella no pierde su encanto. Cuando corre da saltitos de gacela sobre la arena húmeda hasta ocultarse tras la piedra que ha designado como su baño particular.

Día 12 Querido Diario
Hoy me ha sonreído. Creo que al final mis aptitudes de pesca con la red que hice atando sus prendas de lencería le han llamado la atención. Es sorprendente lo útil que puede resultar el encaje, a fuerza de paciencia he logrado sacar hasta 8 sardinas al día. No es mucho pero con el hambre resultan apetitosas hasta para Angelina, que hoy ha acabado por pedirme un poquito. Suponía que tarde o temprano se aburriría de comer cocos. El paladar de una Estrella está hecho para la variedad y el exotismo. Por eso le he sugerido que al tragar la sardina piense que es sushi. A pesar de todo en las noches sigue sin dejarme entrar en el refugio. Duermo fuera aun con las tormentas tropicales que suelen estallar sobre nuestra isla, pero no me importa. Pocos hombres tendrían el privilegio de dormir tan cerca de ella y presumir de que cuidan su sueño de todo mal, sin embargo creo que tendré que mentirle a los amigos del bar.

Día 19 Querido Diario
Angelina tiene un extraño salpullido en el rostro pero parece no darse cuenta. Yo he logrado mantener una rutina que me mantiene ocupado. clavando un palo en la arena construyo todos los días un reloj de sol con el que rigurosamente administro una apretada agenda: me lavo en el río muy temprano, salgo a pescar, parto los cocos, recorro la isla en busca de algas alimenticias, oteo el horizonte buscando algún barco, hago un sudoku en la arena, enciendo una fogata, hago ejercicio. Intento que Angelina me siga; pero pasa el día tirada en la playa. se revuelca de desesperación hasta quedar como una croqueta, cubierta de arena de pies a cabeza y así yace todo el día hasta la hora de comer. Mientras se saca el espinazo de los dientes dice que mis sardinas son el precio que un imbécil como yo debe pagar por estar cerca de una Estrella como ella. Luego vuelve a tumbarse la arena.

Día 28 Querido Diario
Angelina llora. Dice que le habían prometido que la depilación láser duraría para siempre y a pesar de ello tiene más cañones que Navarone. Luego ha enumerado todos los tratamientos de belleza que se ha hecho y los que ya no se puede hacer. En el momento de mencionar la silicona me ha mostrado una teta. Los del bar no se lo van a creer. Soy el hombre con más suerte en el mundo, le he visto un pezón a Angelina... Sin embargo, extrañamente no me produjo nada. Me encogí de hombros y me fui a pescar.

Día 39 Querido Diario
No lo había notado, pero Angelina tiene días sin bañarse y la verdad es que esta isla es tan pequeña que es difícil encontrar un lugar que no huela a ella. Desde hace una semana va con las tetas al aire. Tiene más pelos que yo en las piernas, y sus cejas antes perfectamente delineadas se están volviendo un curioso mostacho que parece haber escalado su nariz. El salpullido no se le quita y ha adoptado el feo hábito de hacer sus necesidades fisiológicas (lo que se dice cagar) en cualquier parte de la isla. Simplemente dice, refiriéndose a mí: "Que lo limpie el chofer"

Día 45 Querido Diario
Durante mi vigorizante sesión matutina de escalada de palmeras, he sentido el ofensivo olor de Angelina. Me miraba desde abajo diciendo: "la verdad es que el chofer en el fondo no está tan mal". Al bajar del tronco me cogió la entrepierna, y me susurró en la oreja "vas a ver que es verdad todo lo que dicen de mi; soy un devoradora de hombres".

Día 48 Querido Diario
Esta puede ser mi última nota. El peligro es inminente, Angelina no deja de acercarse voluptuosamente y mientras se frota contra mi pierna amenaza con follarme al primer descuido. Le he rogado que se dé un baño antes y responde que ningún hombre en sus cabales le pediría eso a Angelina. Esta noche mientras duerme, zarparé en una balsa que he improvisado con restos del avión y que oculto al otro lado de la isla. Al carajo los amigos del bar.

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miércoles, febrero 06, 2008

Máscara


El sábado de carnaval, Alicante enmascara a los personajes que normalmente la habitan. Resultan extraños y hasta ridículos los ancianos que conversan en la Explanada, los oficinistas resignados y los jóvenes que presumen de omnipotencia, porque esa noche lo común es ver romanos, payasos, hippies, y mil disfraces más que desde toda la ciudad son succionados por un remolino cuyo centro está en La Rambla. Los niños comienzan la fiesta y en la madrugada gobiernan los adultos en un ambiguo país que oscila entre lo pueril y lo perverso. El censo de habitantes incluye vendedores de bombas hidroneumáticas vestidos de Sevillanas, abogados con pelucas u odontólogas disfrazadas de lujuriosas vampiras. Casi todos arrastran sus disfraces por las pedregosas calles del Barrio Antiguo, donde arruinan los flecos y faralaes con las cervezas que encharcan el suelo de los pubs.

Al igual que otros años Paqui no se ha disfrazado; pero nunca pasa desapercibida. A pesar de sus tacones de 10 centímetros camina ágilmente por la acera y a cada paso sus pantorrilas se perfilan e invitan a los transeuntes a ascender por ellas sólo para acabar máldiciendo la minifalda que milagrosamente oculta el vértice. Un largo abrigo cuelga de sus hombros pero jamás lo cierra; prefiere pasar frío a ocultar esa turgencia en el pecho que a duras penas contienen los botones de su camisa. Su cabello castaño cubre calculadamente parte de su cara, sin embargo cuando se siente deseada, aparta las finas briznas con coquetería y deja al descubierto unas pestañas que atrapan las miradas como telarañas.

Entra en un local y pide ron con cocacola. Espera un rato y el resultado siempre es el mismo. No tarda en llegar un hombre que con una excusa poco ingeniosa busca conversación. Ella seduce y se deja seducir; pero cuando empieza a quedarse sin palabras y lo que queda es allanarle el camino al cuerpo, dice ofuscada que ya es tarde y que sus amigas la deben estar buscando. Sale a paso rápido y dobla un par de esquinas antes de entrar en otro pub y repetir la escena una, dos, tres veces más, hasta que un tímido color violeta retoña en el cielo.

Paqui vuelve a casa, se quita el relleno del sostén y duerme todo el domingo más por evasión que por cansancio. Prefiere no pensar que la noche ha durado muy poco, y que nada ha cambiado. Prefiere no recordar que aunque haya terminado el carnaval, mañana -tras afeitarse la incipiente barba- tendrá que disfrazarse con traje y la corbata, y como siempre tendrá que ir a la oficina para volver a ser Paco por 364 días más.

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martes, diciembre 25, 2007

Disculpen que esta vez no haga ficción.



Siempre hemos sido una familia desmemoriada. Alguna vez hice preguntas sobre la niñez y juventud de mis padres, y descubrí que tras la celosía hay una distancia tan grande entre lo que fueron y lo que son que ni ellos mismos se reconocen en su pasado. Incluso aquellos tíos que han rastreado la heráldica en busca de algún antepasado glorioso son incapaces de hablar de esos pequeños sucesos, aparentemente intrascendentes, que fraguan esta masa amorfa que es su personalidad.

Quizás por eso no tengo idea de quién era mi abuela antes de mi aparición en este planeta. He podido escuchar en alguna conversación accidental que esos casi 50 años que me antecedieron fueron tremendamente tristes, y parece que mi abuelo tuvo mucho que ver en eso. No debe haber sido un matrimonio fácil cuando tras media vida juntos, ella se refería a él como “el señor T…” Menos aún si a esa edad en la que las parejas deciden que es mejor resignarse para no envejecer en soledad, ellos firmaban los documentos de divorcio.

Pero la que yo conocí no fue una mujer triste. Quizás ocultó a sus nietos muchas de sus angustias, pero nunca vi desaparecer su sonrisa. A diferencia de muchas señoras que creen honrar a sus maridos cediéndoles su fortaleza y jamás vuelven a recuperarla, ella se las arregló (con ayuda de sus hijos) para vivir sola y disfrutar su autonomía.

Y volvió a casarse. A diferencia de la mayoría puedo presumir de haber estado en la boda de mi abuela. Una tarde en la que todos fuimos igual de jóvenes se casó con R. , un hombre que había quedado aparcado en su adolescencia por alguna tontería, y que al reencontrarla supo ganársela diciéndole que, con sesentipico años, un divorcio y siete hijos a cuestas, seguía estando tan bella como la primera vez.

Se fueron a vivir al campo, a un pueblo que no aparece en los mapas (y no es un cliché), y allí resucitaron una pequeña finca de naranjos. Muchos dijeron que era una locura, que era una sentencia para dos viejos. Sin embargo fueron felices el tiempo que estuvieron ahí. Ella nos recibía con sus botas de goma y alguna herramienta para cuidar “sus maticas”. En cuanto te ponías cómodo sacaba una botella de cerveza y brindaba contigo buscando una razón para soltar una carcajada, mientras R. silbaba un bolero y cariñosamente la llamaba “su carricita”.

Pero las estampas bucólicas no duran para siempre, y diez años después el cáncer se comió a su marido. Por si fuera poco tuvo que desprenderse de su finca y entregarla a unos herederos indolentes. Creo que en ese momento comenzó a marchitarse, o quizás simplemente le tocaba envejecer. Sin embargo hasta hace poco decía que le aburría hablar con las mujeres de su edad porque “eran unas viejas”, hasta hace poco soñaba con montar un negocio con las prendas que tejía y al final siempre acababa regalando, y hasta hace poco se detenía en cada esquina para recoger “una matica”…

Disculpen que esta vez no haga ficción; pero prefiero evocar su carcajada porque sospecho que pronto dejará de sonar fresca en mi recuerdo. Hoy escribo para no ser un desmemoriado, o simplemente para sacudirme esa pequeña tristeza que se me ha instalado desde que hace unos días me enteré de su muerte, tan contundente a pesar de que ya la esperaba. Me toca pensar como ella tras la muerte de R. Aquella vez le escuche decir que había sido tan afortunada de estar con él que sólo podía estar agradecida, sin importar el tiempo que había durado.

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martes, noviembre 27, 2007

Autores (y un pintor) que podrían haber rayado baños III



"La vida, ese pedazo de mierda con incrustaciones de diamantes"
Maruja Torres




"El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores"
Woody Allen





"Al amor, al baño y a la tumba, se debe ir desnudo"
Enrique Jardiel Poncela





"El día que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo"
Gabriel García Márquez




-Say fuck me, then I´ll leave. Say it. Say fuck me. Whisper it. Fuck me. Say fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me.


-Fuck me


-Some day honey, I will! But I gotta get going


David Lynch



Pintor: Miquel Barceló, "Lanzarote 27"

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miércoles, octubre 31, 2007

36 grados


El niño se había despertado cuatro veces durante la noche. El padre arrastró los pies descalzos por el apartamento. Sus ojos aún cerrados intentaban prolongar unos minutos el sueño perdido. Los berridos rasguñaban las paredes antes de esparcirse en el silencio de la madrugada. Fue a la cocina, preparó el biberón automáticamente, las mismas cucharadas de cereal, la misma cantidad de leche de todos los días.

Encalló frente a su armario, sacó el último mono que quedaba limpio. En el baño se cruzó varias veces con su mujer, que sin dirigirle palabra, se ocupaba del niño. A veces ella decía como para sí misma frases sin esperar respuesta: “está irritado”, “esta ropita ya no le queda”. Él gruñía como si asintiera y se desnudaba para entrar al baño. “Recuerda que hoy, de camino al trabajo, te toca dejarlo en la guardería”.

Al salir del apartamento la mujer lo siguió con el niño en brazos. Ni una palabra en el ascensor, sólo un bostezo. Él encendió el destartalado coche mientras ella ataba al niño en la sillita de atrás. “Se está quedando dormidito. Dile a la maestra que otra vez pasó mala noche”. Él asintió y en cuanto sintió la puerta cerrarse arrancó. A pesar de tener el pelo aún mojado, las gotas de sudor comenzaban a deslizarse por su frente. Miró el termómetro de la farmacia. 30 grados y apenas eran las siete de la mañana.

Hoy toca limpiar las calderas en la planta. Para eso hay que bajar hasta el sótano y comenzar a desmontar la máquina todavía caliente. La única manera de soportar la temperatura es llevar varias botellas de agua para beber y hasta echárselas encima mientras se va desenroscando cada tuerca. Luego se limpia la superficie con un trapo. Lo más importante es que la piel no toque el metal ardiente. Tomó la avenida principal y el sol fue como una pedrada los ojos. El ruido de la otra caldera no se detiene ni un minuto y a pesar de los tapones de oído, la única solución es acostumbrarse. Giró en la rotonda.

La próxima semana comenzaba la huelga. Aún no había decidido si se uniría. Pero no podría librarse ya de las miradas de los compañeros, que esperaban su respuesta. Frente a eso no lucía tan malo lo de estar lejos de todo limpiando una caldera en el subsuelo. Siguió por la carretera y entre la bruma que aplastaba al horizonte aparecieron las tres chimeneas de la planta. Al cruzar el portón había varios hombres pendientes de quien llegaba. Se adentró tan lejos como pudo. Quería ganar tiempo y aparcó al final de la inmensa fila de coches. Un yunque de sol comenzaba a aplastar la corroída carrocería.

Al bajarse, vio que tres de sus compañeros se acercaban a él. “Si no vamos todos, la huelga se va a la mierda ¿Con quién estás?”, le preguntaron antes de dejarle entrar. Sin mirar a nadie recogió sus herramientas y se sumergió en las entrañas de la máquina hasta ser invisible. Vapor, martillo, llaves, ruido, grasa. Ya lo pensaría durante el trabajo. Pero últimamente hasta eso costaba. Quizás eran chasquidos y siseos ensordecedores de la planta, repetitivos hasta la inconciencia. Quizás desde el parto de su mujer, quizás desde que empezaron a hablar de reducir al personal. Antes podía tener la mente en otro lugar mientras trabajaba, razonar, hacer planes, tener ideas. Sin embargo había perdido esa habilidad elemental. Se quedaba con la mente en blanco en los momentos en que estaba solo. Era como si su cerebro, al igual que su cuerpo, estuviera cansado. Se podía pasar horas trabajando y al levantar la mirada era como si un mismo minuto se hubiera estirado hasta la hora de comer.

Sonó la sirena. Arriba hacía tanto calor como en la caldera. El termómetro marcaba 36 grados. Se unió en la fila del comedor a doscientos hombres sucios, con la ropa pegada al cuerpo, la frente goteando bajo el casco. Trató de comer en silencio, pero siempre había alguno alrededor que le preguntaba “¿con quién estás?”. A los compañeros les aterraba la posibilidad de que alguien rompiera la unión de El Movimiento. Es cierto que el sueldo es una mierda y es cierto que sobrevivir es una hazaña en esa planta a punto de venirse abajo; pero si acaban despidiendo a todos ¿Quién lo va a contratar? Acabó de comer y se encerró en el baño hasta que volvió a sonar la sirena.

Tarde de tuercas, de trapos sucios, de olores penetrantes, de sudor y de no pensar, de no estar siquiera. Que tus jefes no noten que andas por aquí. Que se olviden de ti cuando empiecen a tirar a la gente a la calle. Que seas invisible para los compañeros que aún creen que el único acto valiente es no tener miedo. Vapor, martillo, llaves, grasa y mucho ruido, dentro y fuera de la cabeza.

Sonó la sirena nuevamente. Se lavó la cara, se cambió de ropa y salió al aparcamiento. Un par de empleados pasaron corriendo a su lado con una vara de metal. Escuchó un fragor adelante. Estiró la cabeza y vio a los que corrían golpeando la ventana trasera de su coche. Estuvo a punto de gritar que se detuvieran, pero había horror en sus voces “¿Dentro del coche?” “¿Desde cuándo?” Era un pánico contagioso que hirió su pecho cuando tuvo la punzante sospecha. “¡Sacadlo!” “¿Respira?” Hizo en su mente el recorrido de esa mañana hasta el trabajo y no encontró la guardería. “Se está quedando dormidito”, recordó que dijo su esposa antes de meterlo en el coche. Comenzó a correr con un gemido en la garganta. ¡El niño! El niño... El niño...

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domingo, septiembre 16, 2007

Empalago


-Es que me estaba preocupando tanto abrazo, tanto beso, tanto cariño. Parecía un peluche, y yo no me acuesto con ositos.
-A lo mejor con un oso…
-¡Ja ja! A lo mejor. Pero me gustan más cuando se hacen los duros, los James Dean.
-¿Los que?
-Los James Dean. Tú sabes, el de las películas viejas.
-Yo conozco a Brad Pitt
-Bueno, lo mismo. Con esa mirada de asesino en potencia, ese cuerpo en posición, la frasesita malvada en los labios: “Qué hace una chica como tú en un sitio como este”. Al menos cuando vienen así, una sabe qué quieren.
-Quieren “eso”…
-Y a veces una también quiere “eso”.
-Pues “eso”.
-Tú sabes lo que quiero decir. Al principio, cuando salíamos, se me quedaba viendo de un modo especial, con una mirada perversa, de esas que te dan calor. Sólo con una seña me empezaban a temblar las piernas como un flan y sabía que íbamos a acabar en la cama.
-¿Pero cuál es el problema entonces? Yo quiero uno así.
-No sé. Es que se empezó a poner cariñoso. La primera vez que me besó en la calle, estuvo bien; fue como un acto de rebeldía en público. Pero luego lo convirtió en costumbre y me avergonzaba. Más adelante le dio por tomarme la mano mientras caminábamos. Y ese plan de noviecitos ya era meterse en otros terrenos más serios, luego una cosa lleva a la otra y ya me veía conociendo a mis nuevos suegros.
-¡Qué exagerada! Por unos unos besitos en la calle no se va a la iglesia.
-No sé. Es que cuando ya te ven los demás tienes que ponerte a explicar. Comienzan las presentaciones: “¡Hola! Te presento a Julián, mi amigo”. Y la otra piensa: “pues mis amigos no me meten la lengua en la boca”. O imagínate: “¡Hola, este es Julián , elchicoconelquestoysaliendo” y la otra: “no expliques que enredas”.
-Yo no me complico por esas cosas. Digo que es mi novio y listo
-¿Estás loca? Si eso es justamente lo que no quiero. Ya bastante formalidad tuve con Nico. Tres años de noviazgo fiel, formal y cabal para acabar llorando como la Magdalena. Yo estoy libre y sin compromiso, salgo con quien quiero, llego cuando quiero, hago lo que quiero.
-Freedom, baby.
-Por eso lo dejé. Pero no creas que soy una bruja. Antes de hacerlo, me lo pensé varios días. Se había vuelto tan cariñoso que me lo imaginé sufriendo como un cachorrito. Me lo imaginé llamando una y otra vez por teléfono obsesivamente, me lo imaginé persiguiéndome por las calles, enviándome flores al trabajo.
-Un psicópata de película. Como Miguel ¿Te acuerdas? Que tardé un año en sacármelo de encima.
-¡Sí! Así me lo imaginaba. Y mientras más pensaba en eso más claro lo tenía. Yo no podía estar con un tipo tan absorbente, tan dependiente. Así que reuní las fuerzas, practiqué las palabras y se lo dije un día en cuanto lo vi: así ¡Plas! Sin anestesia. Las cosas mejor así, como la cera depilatoria.
-¿Y que te dijo?
-Al principio puso cara de sorpresa. Yo estaba lista para la réplica, para el llanto, incluso para darle un empujón si se ponía violento. Pero se quedó calmado, triste, pero calmado. Sólo me dijo que lo sentía, porque había descubierto que le encantaba estar conmigo.
-¿Sólo eso?
-Bueno, luego me preguntó si estaba segura de lo que estaba haciendo y yo le dije que claro, y como había ensayado le dije que podíamos seguir siendo amigos.
-Esa es una buena táctica. Así les duele menos porque tienen algo de qué agarrarse hasta que se olvidan.
-Pero no. Me dijo que no creía en términos medios. Me dio un beso en la frente y tranquilo, como siempre, me dijo que él me había escogido pero eso no servía de nada si yo no quería estar con él. Se dio la vuelta y se fue.
-¿Y ya? ¿Así? ¿Sin más?
-Así
-¿Sin reclamar?
-En silencio
-Qué tipo más raro ¿Y lo has visto desde entonces?
-No desde hace un mes y medio.
-¿Te ha llamado?
-No
-¿Te ha enviado flores al trabajo?
-No. Nada, como si se lo hubiese tragado la tierra.
-Pues qué fácil te libraste ¿No?
-¡Que va! No me he librado, al contrario, me estoy volviendo loca.
-¿Loca? ¿Pero por qué?
-¿Cómo es posible que el cabrón insensible ese no me haya llamado en este tiempo? ¿Es que no me echa de menos? ¿Por qué tantos besitos en público, tanto tomarme de la mano, tantos cariñitos si al final no se iba a esforzar? ¿Quién se cree para tenerme así, tan triste, deseando verle por encima de cualquier cosa en el mundo? ¿Quién es ese imbécil para tenerme así de desesperada esperando que aparezca en cada esquina para plantarle un beso aunque haya gente? ¿Qué crees que me diga si lo llamo?

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lunes, agosto 20, 2007

Utopía

Pero hacía siglos que los hombres, evidentemente, no servían para casi nada (…) A veces les parecía útil hacer avanzar la historia, es decir, provocar revoluciones y guerras (…) con su amor por el riesgo y el juego, su grotesca vanidad, su irresponsabilidad, su violencia innata (…) Desde todos los puntos de vista, un mundo compuesto sólo de mujeres sería infinitamente superior.”
Michel Houellebecq “Las Partículas Elementales”

Me contaron la historia en Mayatnia, un pueblo de Oriente Medio, donde parece que todo empezó. Dicen que la primera fue Daniya. Había perdido dos hijos en la guerra y una noche escuchó a su marido convenciendo al tercero de inmolarse en el campo de batalla. Daniya había oído esa conversación otras veces y se había limitado a llorar en su cuarto mientras esperaba con las entrañas desgarradas a que el vástago obedeciera la orden. Sin embargo esta vez se plantó entre los dos y advirtió: “si te vas a la guerra, renegaré de ti como hijo y morirás sin mi perdón. Y tú”, dijo al marido, “no volverás a saber lo que es una esposa: nadie limpiará tus ropas, no volverás a sentir una caricia en las noches y no volverás a encontrar un plato en la mesa.” El hombre, furioso por la insolencia se limitó a darle una bofetada para recordarle quien mandaba.

Al día siguiente Daniya no amaneció en su cama. No tuvo que alejarse mucho para encontrar donde vivir. Había tantas viudas por la estupidez de sus hombres que solo tuvo que escoger donde estaría más cómoda. Cuando a pesar de los días nadie fue a buscarla, supuso que su marido y su hijo habían muerto matando. Al menos nadie vino a darle la noticia y eso dosificó el dolor, además esta vez no la acompañaba la culpa. Finalmente ella había tenido el valor de intentar detener tanta locura.

Pronto en casa de las viudas aparecieron otras tres mujeres con historias parecidas. La pequeña casa que les acogía se quedó pequeña. A la dueña ni siquiera se le pasó por la cabeza echar a sus inquilinas; todas eran mujeres unidas por el sufrimiento y lo único que tenían de valor en la vida era la fortaleza de estar juntas y esas conversaciones sobre nada que tenían después de la comida. Así que decidieron echar a andar. No tenían nada que llevar, ni sabían a donde ir. Sin embargo el silencio de un lugar libre de disparos y de muerte, les hizo encontrar camino rápidamente.

Encontraron un lugar donde instalarse en la provincia de Burduni y se dedicaron a aquellos oficios que siempre han sido útiles en cualquier parte. Alguna cocinaba, otra tejía. Daniya se ofreció para cuidar y educar niños, así pensaba menos en los que había perdido y quizás les evitaba la tentación de la guerra. Comenzaron a cambiar sus pequeñas obras por comida, por mantener el techo que las cobijaba, y un día descubrieron que llevaban tres meses sin utilizar el dinero. Sospecharon por primera vez que las monedas eran otra de las perversiones que podrían dejar atrás. Lo que al principio era una zona miserable había comenzado a florecer. Los niños iban tranquilos y alimentados a las escuelas donde, por supuesto, las mujeres daban clases. La tierra empezaba a producir tras años de abandono, y la fachada de las casas se llenaban de detalles que las hacían más hermosas.

Cada día llegaban más. Ahora no solo viudas sino jóvenes que huían de la posibilidad de ser tomadas por algún mercenario. Las historias que contaban eran tan terribles que resultaba insólito que todo eso estuviera pasando a solo unos kilómetros y que a ellas ni siquiera les afectara. Sin embargo allá estaban tan ocupados en sus grandiosos proyectos que les era indiferente lo que hiciera un grupo de mujeres. Para ellos lo que no mata carece de valor.

Sin embargo un día llegó un hombre. No era un guerrero. Se trataba de un joven asustado ante la posibilidad de perder la vida por algo que no entendía. Daniya se reunió con el Concejo y acordó protegerlo siempre y cuando aceptara no participar en ninguna decisión comunal. Su valor era la fuerza física y a eso tendría que limitarse. Su pensamiento no era necesario en aquel lugar, pues los hombres habían demostrado sobradas veces a lo largo de la historia su ineptitud para hacer la paz y su eficiencia destructiva. Él no dudó ni un momento en aceptar, A pesar de su juventud había visto ya lo inútil de las ambiciones.

No todas las mujeres quedaron tranquilas con la decisión del Concejo. Opinaban que había que expulsarlo de inmediato, que traería la desgracia. Sin embargo el verdadero temor de algunas era demasiado ramplón para ser revelado. La ausencia de caricias de los últimos años contrastaba enormemente con el fornido joven que ahora trabajaba con el torso desnudo por las calles del pueblo. Todas empezaron a verse más arregladas y parecían competir entre sí por estar más atractivas. Sin embargo ninguna se atrevía a acercarse a él para no delatarse frente las demás. Ninguna se atrevía a admitir que se sentía derretir bajo las faldas cuando el joven pasaba frente a ellas. La única manera de sublimar el deseo fue comenzar a murmurar que Daniya le había echado el ojo al joven que había acogido y que no veía en él “precisamente a un hijo”.

La historia normalmente llega hasta ahí. Supongo que a los pobladores les aburre alargar lo obvio contando cómo paulatinamente la llegada de otros hombres, a pesar de su sumisión, enturbiaba aún más el orden del pueblo; para qué narrar cómo fue aumentando la desconfianza entre las mujeres hasta quebrar la armonía; sería triste explicar como volvieron a presumir de sus escasas propiedades para competir; y habría que llegar a describir cómo el concejo se volvió un caldo de rivalidades y perdió su poder para tomar decisiones. Se limitan a decir que cuando la guerra acabó, Burduni estaba igual de asolada que el resto del país y que no quedó ninguna mujer con suficiente orgullo para escribir esta historia.

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